sábado, 13 de agosto de 2016

Déjenlos que aprendan


La Educación tiene un valor sagrado en Argentina.
Por un lado a todos los argentinos nos resulta obvio que es indispensable educar a cada persona para que toda la sociedad viva mejor, pero por otro, la Educación tiene algo de fetiche.

Tiene poder mágico. 
La Educación está en el cimiento de la Nación. No habría habido Nación sin el empuje titánico de Sarmiento, quién concibió genialmente que una Patria Argentina se forzaría en la ideología e instauró con una convicción y una fuerza descomunales un aparato ideológico del Estado tendiente a lo absoluto.
A ello concurrieron inmigrantes que traían la misma convicción, especialmente judíos de Rusia. Su trabajo fue también enorme.
Sin esta Fe en la Educación no hay Argentina.
La Educación es el agente de la Civilización, que necesita para existir a los niños y a los Bárbaros.
La Barbarie tuvo un fuerte avance en los 90 y arremete hoy notablemente, desde la impunidad de los señoritos de la oligarquía en el poder.
Resulta interesante que los gobiernos populistas, estigmatizados con "libros no, alpargatas sí", son los que más han contribuido a la educación.
También resulta interesante que Sarmiento fuera un autodidacta.
La Educación que yo he conocido era ante todo un mandato. Que tenía mucha presión para que fuera cumplido.
Consideraba a los niños y a los bárbaros criaturas que por definición se resisten a ser educadas.
No ignoro los universos de discusión que hay en torno a este tema, sólo me refiero a la concepción subyacente en quienes toman decisiones, aún cuando esos decisores han protagonizado, o incluso iniciado, los debates más profundos en torno a la educación.
Instigado por este fetichismo de la educación, me he pasado en la vida reprochándole a mi padre que no me hubiera enseñado el idioma cantones, que era su lengua materna.
La posición invariable de mi padre fue no concederme lo que yo le exigía.
Más allá del tema de la generosidad de mi padre, lo cierto es que su negativa produjo en mi el impulso por ir a tomar la herencia que sentí que me correspondía.
Pienso en Prometeo y su gesta de robar el fuego de los dioses.
Pero no tiene por qué ser una gesta heroica, y seguramente si mi padre me hubiera dado el fuego, me habría ahorrado años de orfandad peregrina y hoy estaría en mejor posición social.
No digo que el mejor camino sea el del autodidacta, sólo pienso que el aparato educativo podría dejarle un poco de lugar a la mística que mueve a los alumnos a saber hacer, apropiarse de ciertos conocimientos y entrenar capacidades.








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