martes, 11 de febrero de 2014

Las broncas, broncas, broncas


Mi Tía Tita tenía la Gran Rabia.

Se le manifestaba, por ejemplo, cuando le hablaba su cuñada Nélida, a quien consideraba odiosa. Nélida tenía un solo diente abajo y mientras hablaba mi Tía Tita tenía la mirada fija en el diente con una ferocidad cada vez mayor: "se lo quería arrancar de un piñazo a esa estúpida".

Amábamos a la Tía Tita por estas cosas. Era nuestra Violencia Rivas. Nos gustaba el objeto de su rabia, como es lindo cualquiera que tenga una bronca caprichosa, injustificable, a algo puntual e insospechado —los zapatos que usa su hermano, la cara de pelotudo de un ministro, la forma en que se para un alumno, que la señora del puesto de diarios use anteojos con cadenita.

Pero esa clase de rabiosos es minoritaria. La mayoría, hecha de gente a la que le suben los caloresy les agarra la indignación porque no puede comprar dólares, centra su rabia en lo que mandan odiar los operadores de la realidad. En la televisión, los diarios y las radios se exhiben una y otra vez hechos, personas que deben ser odiados, y entonces aparece la horda, la violencia de la multitud contra el diferente.

Gran parte de la sociedad es tierra fértil a esa adición fascista. Está esperando ansiosa que le indiquen a quien destrozar. Proveen, fabrican la realidad plagada de chorros, corruptos, razas inferiores, para así poder darse el banquete de la bronca linchadora.








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