miércoles, 2 de octubre de 2013

El infinito está poblado de mariposas - Taller en Parador La Boca


Hoy volvió el boxeador. No tiene la mirada perdida, pero uno nota que pasa un tiempo entre el momento que resuelve decir algo y cuando finalmente lo dice. En el encuentro anterior hizo un relato brutal de los nocauts que lo voltearon. Escuchándolo, nos resultaba inconcebible que siguiera en pie —vivo.
Hoy eludió sentarse a la misma mesa con los demás escritores y se ubicó en otra. Vimos que frente a él, pegado en la mesa, en el lugar donde se apoyaría el plato, había pegado un cartelito que decía su nombre, Agapito.

Por primera vez estuvo Esther, que llegó al Parador hace dos semanas. Con inmejorable disposición Esther hizo y rehizo su historia, como si no hubiese arrancado escribiendo sino corrigiendo. Tenía la cabellera de una chica de 20 años, la forma de la cara muy característica de las que fueron intervenidas por la cirugía plástica y unos anteojos elegantes, aunque les faltaban una patilla. Como los demás, estaba allí porque era mayor de 60 años y no tenía dónde vivir. Algún equipo del servicio BAP (Buenos Aires Presente) la encontró acurrucada entre una vereda, el frío y la puerta de algún edificio público y la llevó al Parador para que tuviera dónde alojarse hasta tanto solucionara su vida. Una de las actividades del lugar es el Taller de Redacción de Historias que coordinamos, y del que participaron hoy Agapito, Esther y otros. Durante un par de horas quienes aceptan escribir, arman una historia mezclando el contenido de dos frases que les propongo, luego cada quien le lee a los demás lo que escribió y los demás escuchan y comentan.
Las frases de hoy fueron: “En la milonga María Delia no podía encontrar sus zapatos” y “Una nube de mariposas blancas cubría el pozo de agua”.

El cuento de Esther fue una historia de amor, en la que María Delia estaba desesperada por haber perdido los zapatos, siendo que tenía que regresar con ellos a su casa antes de las once de la noche, y al fin aparecía un príncipe Luis que los encontraba en un pozo.
Casi la misma historia fue escrita por otro nuevo integrante, Oscar, quien llegó en silla de ruedas, vestido pulcramente con una camisa clara, blazer de impecable azul y pañuelo rojo que asomaba del bolsillo. Se mostró culto; puso sobre la mesa un libro de logosofía y un cuaderno en el que guarda sus notas manuscritas con ampulosa letra de romántico.



Estábamos trabajando en una de las muchas mesas del gran comedor. En otras, los alojados mateaban, charlaban, miraban la televisión. Muchos, quizás la mayoría, no hacía nada. El estado general era catatónico. Sentí que el barullo de los televisores molestaba al taller y me acerqué a quienes estaban mirando y les expliqué por qué debía bajar el volumen. Nadie me contestó nada y cuando silencié el aparato, siguieron mirando la pantalla con la misma expresión vacía de antes.

También participó hoy Clara, como todos los miércoles. “Los estaba esperando”, nos dijo cuando entramos, con su sonrisa que emergía desde el fondo indescifrable en que ella se debate. Clara está en una realidad diferente, que no es posible sintonizar, salvo cuando escribe. En sus relatos el mundo de allá adentro, sus seres, sus lugares y sus luminosidades aparecen en una trama que nos los hacen comprensibles a quienes estamos afuera.
En el comienzo de la historia que escribió Clara la protagonista empieza perdiendo los zapatos, luego ve el reflejo de la nube de mariposas en la superficie del agua del pozo, y entonces en la blancura de las mariposas emerge Jesucristo, como adelantado del mundo divino que termina instalándose, formado por los —copio frases del texto de Clara— “colores en torno de la vida humana” y poblado por las “mariposas en el infinito”.