miércoles, 30 de octubre de 2013

La despedida torpe


Me gustan esas vacaciones en que uno va a un lugar para pasar unos días, en plan muy transitorio, pasajero, raudo o fugaz, tocar el lugar lo menos posible, no contaminarse, casi no mancharse, pero luego hace una vida allí, saliéndose de a poco de la pasarela prevista como un cerco, esterilizada, comiendo lo que comen los del lugar, familiarizándose con la dueña de la posada, haciendo propias las calles de alrededor. Haciendo querencia. Sintiendo en un momento que vive allí, o más aún, que siempre vivió allí. Al fin, saludando con tristeza, incluso cierto desgarro, a aquellos de quienes se ha hecho amigo, no sabiendo muy bien cómo despedirse del lugar, de la vista desde una ventana, del almacén chiquito adonde iba a comprar cualquier cosa, de la cama, sus sábanas, la luz que la iluminaba a la mañana, de un determinado paredón, de la playa, del vendedor de choclos, de las plantas, que son muy de ese lugar; con esa especie de confusión por tener un tonto adentro que no sabe que ya no estará más, y por tener alguien que es conciente, pero que es torpe y no sabe cómo despedirse, cómo saludar, decir hasta siempre, hasta nunca o hasta el verano que viene, ni sabe qué hará con el pedazo de todo aquello de ese lugar que se lleva prendido.