lunes, 18 de julio de 2011

La primera vez de lo mismo


Tengo un genuino respeto por mi primo Cacho. Nuestra tía en común Betty diría que mi respeto se debe a mi conciencia de que un leve manotazo de Cacho me estamparía contra la pared, dado su tamaño gigante y su fuerza. Tiene un criterio, una ética y un sentido de la decencia que son excepcionales y me provocan un respeto sincero y rotundo. No le gustan las cosas poco claras, enredadas o desordenadas. Le gusta que las cosas sean lo que se espera de ellas, encontrarlas donde deben estar y que aparezcan a la hora en que deben aparecer.
Un día fui a visitarlo y lo encontré discutiendo con una vecina. El le puntualizaba a la señora —mayor— que varias veces ella había dejando la puerta del edificio sin llaves, lo que implicaba riesgos a la seguridad de los vecinos. Un poco en broma y un poco en serio la señora le retrucaba que él no podía hablar de responsabilidad porque era un vago que se levantaba al mediodía. “Siempre antes, señora. ¡Antes!”, contestaba Cacho. Cuando le conté de la discusión a la hermana de Cacho, mi prima Estela, me confirmó que se despierta 15 minutos antes de las 12, todos los días puntualmente, “para ver Hijitus”.
Hijitus es una tira animada de pocos minutos que se pasaba por televisión cuando apenas existía la televisión. La veíamos con Cacho cuando teníamos seis o siete años. Los dos canales de Rosario transmitían dos horas al mediodía, interrumpían y retomaban desde las 17 hasta la medianoche. Faltaban más de diez años para que ganara más colores que el blanco y el negro, y 20 para que apareciera el cable ofreciendo un menú más variado de canales.
Desde que supe para qué se levanta Cacho 15 minutos antes del mediodía, tengo muchas ganas de caerme una mañana con unas facturas, y tomar la leche viendo con él Hijitus. Nos indignaremos al unísono con la falta de escrúpulos del profesor Neurus, nos asombrará la fuerza loca del Boxitracio, canguro boxeador que llegó desde Australia, nos llamará la atención el habla arrabalera de Pucho, nos resultará pintoresco el comisario correntino, nos impresionará la personalidad arrolladora de Oaky, la locura de Raimundo y la flema del millonario Gold Silver, y sobre todo, seremos felices cuando Hijitus, en el momento en que las papas quemen, se meta por la parte de debajo de su sombrero, y por la de arriba salga volando en su trajecito apretado de niño superhéroe, y el ventiladorcito que lo hace volar girando sobre su  cabeza. Sé que Cacho y yo veremos la misma historia, al mismo tiempo sentiremos lo mismo y no habrá diferencia entre nosotros. Todos estos años, unos 40, Cacho ha disfrutado de Hijitus, y no se le gastó nada. ¿Cuántos más habrá, que le sacaron tanto partido a Hijitus?

Hay muchas novelas que puedo volver a leer como si las leyera por primera vez. Me asombro de lo poco que recuerdo sus detalles, pese a haberlas leído varias veces. Y si llego a recordar, ello no tiene ninguna relevancia, porque lo que importa es cuánto me gusta y lo que me suscita.
No es que me niegue a las obras que no haya leído, sólo que no siento avidez por la novedad, ni la necesito. Si me llevara a una isla desierta El viejo y el mar, podría vivir allí hasta el fin de mis días releyéndola.
En cambio, supe de un gran escritor argentino, de solemne gravedad, artista que carga con la densa herencia de Lugones, Sartre, Cervantes, Dostoievsky, todo el Panteón de la Literatura Universal. Da talleres literarios, pero no a cualquiera. Para poder entrar en sus selectísimos grupos, hay que rendir una prueba, en la que él inquiere, cual monje en un sótano eclesial de Toledo, el acervo bibliográfico del aspirante. ¿Conoce la Divina Comedia? ¿Rojo y negro? ¿La obra de Shakespeare? ¿Los clásicos latinos? ¿Quevedo? Adonde el examinado flaquea apenas, donde dubita y ofrece un nombre o un episodio sin perfecta convicción, allí nuestro prohombre de las Letras se da el gusto de hacerle ver cuán ignorante es, cuán vanas son las aspiraciones del vulgo de alcanzar la ilustración, y cuán miserables las pretensiones de la burguesía de arribar al sagrado círculo enaltecido de la auténtica cultura.
Ese señor entiende que es mejor persona aquella que acumula mucha lectura, quien ha logrado amasar un capital literario. Imagínense cómo quedaría yo en su examen, con mi único y ajado ejemplar de El viejo y el mar en mi mochila. Sería condenado a sufrir en la miseria de la ignorancia.

Y si a aquel gran escritor se le ocurriera tomarme como objeto de su eminente mirada de crítico literario, podría enriquecer su ensayo trayendo a colación la estigmatización que Sarmiento hizo de los bárbaros locales.
Bruto amasado con polvo de indio y sangre de gaucho, el bárbaro nativo es refractario a la idea básica de todo progreso: el acopio. No lo entiende. No le entra en esa cabeza que sólo desea alcohol, pendencias, sexo y joda. Y si por casualidad se ve ante una fortuna, la despilfarra sin demora. No tiene el sentido del trabajo, del sacrificio; apenas gana unos pesos para comprarse su pilchita, su televisor, ir al fútbol, las zapatillas, el celular, corre a comprarlo y desaparece. Pero como siempre compra nada más que bienes perecederos, al tiempo vuelve, más pobre que antes, a rogar por una changa, le paguen lo que paguen. Y así anda, arrastrándose en la pobreza, con una chorrera de mocosos descalzos entre perros flacos, y, eso sí, cada tanto dándose esos gustos primitivos.
Con mi suegro trabajaba Ramón. Mi suegro cometió el error de pagarle a Ramón todo el trabajo que había hecho. Para qué: desapareció como diez días. Después se supo que se había comprado unos zapatos carísimos y se había ido al baile; ahí se acollaró con una negra y se fue con ella. Luego volvió a su casilla en la villa miseria, ahí se cagó a trompadas con su mujer, fue a parar a la comisaría, y después al hospital porque un hijo de la mujer le rompió tres costillas de un palazo. Todo ese tiempo anduvo con los zapatos que mi suegro jamás se hubiera comprado porque costaban una fortuna. Y cuando volvió con mi suegro aún los tenía calzados, y se puso a trabajar en la obra con ellos. Esta historia me la contó mi suegro señalándome los zapatos con la pera y luego sacudiendo la cabeza con un gesto de “qué bárbaro, ¡no tienen remedio!”

En el mercado cultural el valor está dado por la originalidad. Tienen riqueza cultural los autores que emiten originalidades y aquellos que las coleccionan. Los negros de mierda de todo el mundo son incapaces de entender este principio. Los músicos de Jajouka, como el resto de los africanos, se largan a hacer música sin parar, durante varios días. En ese interminable concierto aparecen melodías diáfanas, recortadas, macizas canciones. Cualquiera de ellas sería un hit mundial en manos de un productor discográfico, y los músicos celebran su aparición, y la repiten una y otra vez, quizás durante horas. Pero de repente se cansan y la abandonan, y van a otra cosa, a otra melodía o al impasse de un ritmo anodino, y la canción aquella quedó para siempre olvidada. Ni siquiera los orientales, con su gran cultura ancestral que brillaba, como la de los chinos, cuando los ancestros de Mozart, Brahms y Bach eran unos salvajes que correteaban desnudos por pantanos congelados, ni siquiera ellos supieron comprender el valor de la originalidad. O peor aún, las haikus están reglados para evitarla, determinando con rigidez marcial la cantidad de sílabas y versos, los temas a tratar e incluso los figuras a usar. La pintura china exige un uso limitado de los colores y las técnicas, y también establece una cantidad mínima de temas. Para existir la belleza no requiere el vulgar exabrupto que conlleva la vanidad; toda traza de originalidad debe disolverse en la belleza.
No le exigirían los chinos a mi primo Cacho que mire otra cosa en la televisión que Hijitus. O, como dijo mi amigo Hugo, “me importa menos que lo original, lo originario”.



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