domingo, 9 de enero de 2011

Los tiempos de la intimidad



En una reunión una amiga contó que, estando en una playa de Cuba se sintió lo más libre de andar en pelotas. Los que estábamos nos pusimos a filosofar la sempiterna charla del nudismo. Fuimos enunciando los típicos, clásicos, acaso obligatorios comentarios sobre el tema, entre la racionalidad, la libertad y los chistes, y en un momento alguien dijo algo que me interesó: ¿por qué, si es tan cómodo andar en pelotas y es tan cómodo estar con algunos amigos, tan pocas veces se juntan esas dos situaciones? Esto dio lugar a otra andanada de frases repetidas, pero yo me quedé con algo de la pregunta. Como si de algún fondo mío una respuesta se hubiese puesto de pie y comenzado a andar hacia mi cabeza, pero muy lentamente. No llegó a tiempo a que la enunciara antes de que acabara aquella reunión, pero ahora que es domingo y la hora está al borde de caer a esa hondonada de depresión espesa, de sopa sinsentido que hierve para que nunca se pueda tomar, en este momento empieza a brotar lo que quise decir.
Debe ser una cosa de la edad. Antes, cualquiera pasaba y tocaba el timbre, yo atendía, o atendía alguien que andaba por acá, y el que tocó subía, charlábamos, fumábamos, jodíamos. Claro, teníamos todo el tiempo del mundo. De algún modo, era todo intimidad. Todo espacio nuestro. Ahora, en cambio, un amigo me manda un sms ¿cenamos? y yo pienso en las cenas que ya tengo pautadas lunes, martes, miércoles, jueves… Empiezo a pensar en salir antes del laburo para que sea un café en lugar de una cena, en suspender alguna cena pautada, en forzar un almuerzo… No hace falta que explique que quiero mucho a mi amigo; baste con que aclare que es un amigo de muchos años, una de las pocas personas a quienes puedo contar determinadas cosas y que me ayudaría incondicionalmente si lo necesitara. Y entonces ¿qué mierda es esa miserable falta de espontaneidad de ponerme a mirar la agenda de la semana para responderle?
Mi vida ha tomado ese rumbo —y la de él también; esta situación sería exactamente igual a la inversa. Quiero decir, un rumbo rígido en el que se encastran actividades impostergables. Ese rumbo no deja lugar al tiempo en común. Para poder cenar, tenemos que tomar un envión, conseguirlo. Ahora resulta que para ser amigos hay que trabajar.


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