miércoles, 26 de octubre de 2016

La fantasía de nuestra madre

  
Estos días se me presenta la fantasía de que el amor que nuestra madre nos tuvo a mi hermana y a mí, existe como una especie de poder que continúa después de su muerte, hace casi un año.

El alma, el Cielo, Dios, la Virgen, todo eso son fantasías.

Pero pueden ser hermosas fantasías, y quién dice que las fantasías no ayudan a vivir.

Incluso pueden ser la diferencia entre la vida y la muerte.

Por eso me gusta la fe, que es una elección. Es elegir que una fantasía es posible.

Como decisión, creo (como crear) en la fantasía de que el amor de nuestra madre es parte de este mundo, no del más allá, y que influye y nos beneficia.

También creo que tenemos que trabajar para que ese beneficio resulte en algo bueno. No es nada más quedarse sentado y esperar.

Ahora que escribo esto, me parece que lo que digo es de una simplicidad muy boba. Pero es lo que tengo en la mano.

No tengo ese sentimiento sublime de que nuestra madre era una santa y era pura bondad. Es más, si me pongo a revisar su vida, tengo muchos enojos y negrísimos reproches.

Más bien, he liberado mis sentimientos. No los fuerzo al homenaje, hoy que ella cumpliría años si estuviera viva, pero tampoco al olvido.

Y lo que aparece es esta fantasía.



martes, 25 de octubre de 2016

Tiempo pasado


— Sí, nos compramos un auto nuevo —me dijo Elena, mi ahijada.
Hablamos de autos, de marcas, de saber manejar.
Luego me contó:
— Mi papá me dijo que fuera a despedirme del auto viejo. ¡No sé qué quería que hiciera! ¿Se supone que debía hablarle, darle un beso?
— Tu papá ama infinitamente lo que pasó, y desprecia lo que sucede ahora.
Hace algunos años decidimos inventar una ceremonia en que nombramos a Elena mi ahijada, y a mi hija Irina, la ahijada de sus padres, Pablo y Mariela.
Ahora Elena tiene 20 años y cada lunes viaja desde Rosario a Buenos Aires a tomar un curso en la Facultad de Medicina. Llega a mi casa poco antes del mediodía, a veces almorzamos, luego va al curso y a la noche regresa a su ciudad.
Hablamos de los modos que tienen las personas de conservar las cosas.
— Para algunos, las cosas se vuelven parte de su cuerpo.
— De su afecto.
— Claro, es difícil tirar a la basura un regalo o un recuerdo en que está depositado el amor.
— Pero no se puede guardar todo.
Elena se divirtió cuando le conté que mi hermana tiene dos celulares inutilizados porque ha excedido la capacidad de las memorias guardando fotos. Ni siquiera las quiere pasar a la computadora.
Nunca antes había venido sola. Y estas son las charlas más largas que hemos tenido en nuestra vida. Sin embargo, anda por la casa como si hubiese vivido siempre aquí. Ayer se puso a lavar los platos como si nada, no para que yo la viera, sólo porque después de comer se lavan los platos. Y más tarde vi que había repuesto el papel higiénico. Tuvo que buscar bastante en el lío que tengo para encontrar los rollos.
No sé si sabrá la infinita familiaridad que me causa esa confianza que siente con mi casa.
Me derrite cualquier soledad como todas las sombras desaparecen y pareciera que nunca existieron, cuando abrís la ventana de par en par a la hora en que el sol brilla a pleno.
No hay necesidad de retener nada cuando las cosas son así.












domingo, 23 de octubre de 2016

Anglófilos, francófilos, sinófilos



Hace hoy un año, el Washington Post superó al The New York Times con 67 millones de visitantes en su página web contra 66 millones. Lectores de todo el mundo aprenden qué es la realidad a través de un diario norteamericano.
A muchos franceses no les cae simpático que uno les hable en inglés. Entre otras razones, eso es parte de  la antigua competencia entre aspiraciones imperiales entre Francia y el Reino Unido.
Esta semana, me encontré con una chica muy joven que se derretía de amor por los ingleses.
Tengo un amigo que sufre el mismo síndrome de derretimiento por los franceses.
Yo, que podría haber muerto en la guerra de las Malvinas, tengo muchos amigos de mi generación que cultivan un odio visceral contra los ingleses. Están alineados con los folcloristas, como Luis Landriscina, que organizó una marcha de desagravio cuando The Cure vino a la Argentina.
Ahora China intenta hacerse amigo de todos los países del Globo, para lo cual es indispensable que los demás hablen su idioma.
Ha instalado casi 500 institutos Confucio por todas partes, está becando a miles de estudiantes de chino.
Seguramente los chinos entienden lo importante que son los afectos en estas contiendas.
Tienen armas muy buenas para esa pelea —tanto como es una brutal desventaja competitiva la distancia lingüística entre otros idiomas y el chino.
Muchos visitantes se enamoran de China, regresan a sus países con una fuerte necesidad de volver lo antes posible.
Y todo el tiempo escucho comentar que los chinos son buenos anfitriones y buenos amigos.
Estamos en el escenario de la disputa cultural de los imperios. La arena del softpower. Podríamos sumar, pero siendo una disputa, es lógico que nos sumemos a los menosprecios, acusaciones, prejuicios y exclusiones.
No digo que reprimamos la anglofilia, la francofilia, la sinofilia.
Sólo advierto que estamos metidos en una batalla.
Es mejor que lo sepamos, si queremos beneficiarnos todos.

Si nos dejamos atrapar por la inocencia, no seremos más que carne boba que sirva a uno u otro bando.

domingo, 16 de octubre de 2016

Bienvenida mamacita


Quisiera que se acepte no que los géneros sexuales no existen, sino que existen tantos como a la gente se le dé la gana, y que cada uno no sea masculino o femenino, sino esto y aquello y aquello y aquello, y todo, si así lo siente.
Un poco por esto es que me da decirle comadre a las madres, pero los que no nacimos con el cuerpo correcto, nunca vamos a dejar de asombrarnos ante lo inconcebible de que fabriquen una persona allí dentro.
Y como si ello no fuera poco, muchas lo terminan de fabricar haciendo las cosas para que les vaya bien. Porque un humano no caminaría en dos patas si no lo enseñaran, y en total no sería persona si la madre no lo terminara de hacer.
Claro que en esa etapa el padre reclama comadrazgo, pero, al igual que otras personas, es una función de la madre. Es la madre quien lo hace. ¿Qué guerra mundial, qué sonda que navega por el espacio, qué ejército de miles de soldados de terracota enterrados puede compararse a fabricar una criatura en las entrañas y luego como persona, afuera?

Las madres demuestran que la ciencia es un juego de niños al lado de su brujería infinitamente poderosa.






Pronto la editorial El Bien del Sauce publicará Mariposa de Otoño, en el que comparto una serie de relatos para contar la historia de cómo mi madre murió una vez que cumplí con su deseo, cargado de amor y culpa, de que yo me reencontrara con mi padre.
De alguna manera, ella me había apartado de él desde que nací.

Tres días antes de la noche en que murió rompió por unas horas el velo tirano de la enfermedad que la estaba terminando, para venir a escuchar cómo yo le relataba a nuestra familia y amigos de toda la vida, el viaje que había hecho a China para entrar con mis pies en la casa donde nació mi padre, casa de la que ella sabía y yo no.

viernes, 7 de octubre de 2016

Tranqui con esas palmas

Hace tiempo quiero decirle esto a mis amigos músicos.
Que no insten al público a hacer cosas.
Cuando el público se copa mucho, hace las cosas solo.
A veces corean la canción tan fuerte que ustedes nada más le apuntan el micrófono, y sale buenísimo. "Beautiful", dijo Freddy Mercury. 
Pero si el público no palmea es porque no sucedió lo que debía suceder.
Y si lo consiguen levantar forzando al público, se ha arruinado algo.
Mejor enfrentar las cosas.
Mejor no mentir.
Mejor admitir que ha pasado algo no tan bueno, así cuando sucede algo bueno, todos sabemos que es posta.






domingo, 2 de octubre de 2016

Un hongkonés en Argentina


Hemos hecho un arreglo con Turkish Airlines desde la Revista Dang Dai: le prestamos la historia de la migración de mi familia china y ellos nos llevan a que sigamos tendiendo un puente entre la gente de acá y la de allá.




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Hong Kong  está en el sur de China.
Es un grupo de islas y una península, la península de Kowloon, que pertenecen a la provincia de Guangdong.
Los ingleses tomaron posesión del lugar en 1841. China se lo cedió en comodato, y fue parte del Reino Unido hasta 1997.
Desde entonces volvió a la Madre Patria como Región Administrativa Especial de Hong Kong de la República Popular China.
Su autonomía política es relativa, pero conserva la economía capitalista, sistemas administrativo y judicial independientes, su propio sistema de aduanas y de fronteras.
Su nombre en chino es 香港. En pinyin, el idioma que usa para pronunciar el chino, se dice Xiānggǎng. Significa: “Puerto Perfumado”.

En los años en que el siglo XX llegaba a su mitad, un encadenamiento de tempestades políticas, sociales y económicas sacudieron a Hong Kong y le dieron nueva forma.
En 1942 sufrió la invasión japonesa, que la marcó con horror.
Muchos de sus habitantes huyeron al continente.
Pocos años después regresarían, junto con cientos de miles más, que se autoexiliaban ante la llegada de la Revolución Socialista de Mao Zedong.
Hong Kong supo recibirlos y en la década del 50 transformó la bomba demográfica en un florecimiento económico que la convirtió en una potencia del Pacífico.

En la masa de cantoneses que pasaron del continente a Hong Kong estaba Ng Liuko, un comerciante que tenía una esposa y seis hijos.
Era una familia entre miles de familias.
Fueron los ancestros de las generaciones de hongkoneses que vendrían. Los padres de los hongkoneses de hoy.
Personas conocidas en Asia por su pujanza, su habilidad para los negocios, su capacidad de adaptación, su buen humor y su entrega a todo lo bueno que tiene la vida.

Ng Liuko trabajó desde el amanecer hasta muy tarde en la noche, día tras día, año tras año. Progresó en su nuevo comercio, hizo estudiar a sus hijos, sacó su familia adelante.
Él y los suyos fructificaron en medio de la primavera de Hong Kong.
Apostaron fuerte y sin miedo, y ganaron.

Con los años, el mismo ímpetu llevaría a la familia a seguir buscando horizontes.
En 1954 el segundo de sus hijos, un jovencito de apenas 17 años, con una valija de cuero y un traje nuevo, se embarcó rumbo a Sudamérica, el otro lado del mundo.
En aquella época, la travesía equivalía a un viaje a Saturno.
Era elegante y esmirriado, con un aire intelectual. Y era, como todo hongkonés, completamente suficiente.
Su nombre era Ng Ping-Yip.
Era técnico textil y se enroló sin hesitaciones en una misión de 30 hombres que iría a poner una fábrica en el lugar más remoto de Hong Kong.

Hong Kong es tropical. El calor es eterno y la humedad embarduna los cuerpos con una jalea sempiterna.
Mi padre, Ng Ping-Yip, llegó con el contingente de hongkoneses al frío del Puerto de Buenos Aires un invierno en que Argentina ya estaba crispada por las luchas en torno a Juan Perón.
Pasaron por el Hotel de Inmigrantes y luego se encaminaron a su destino final, la ciudad de San Nicolás.
Uno de los compañeros de Ng Ping-Yip, ya muy viejito, recordaba la madrugada en que llegaron.
“Yo estaba muerto de frío. Nos dejaron junto a una ruta, en un descampado. Vi aparecer una bestia colosal, roja, con un pescuezo hercúleo. Me miró a los ojos. Terminé de aterrarme al ver cómo por su hocico gigante largaba chorros de humo como un dragón”.
El humo era el aliento que exhalaba un caballo, animal que sólo podía haber visto en el hipódromo de Hong Kong al que aquel chico nunca había ido.

Estaba aquella barra de muchachos en San Nicolás, ciudad emblemática de la Argentina partida del siglo XIX. Había sido la bisagra entre Buenos Aires y Las Provincias Unidas, y luego fue la sede del Acuerdo que parió la Nación.
Mucha historia argentina, pero nadie había visto un chino en persona.
Y de repente, allí estaban aquellos trabajadores chinos, unos chicos, todos iguales, todos chinos. Lo más parecido a extraterrestres que tuvo San Nicolás.
Con el tiempo, el hielo inicial se fue rompiendo.
Los nicoleños les enseñaron a hablar español, los chinos se dejaron adoptar y se hicieron amigos.
En la fábrica textil que montaron y luego pusieron en funcionamiento, ESTELA, los muchachos se mezclaban con las operarias. Pronto ellas los invitaron a los picnics. Eran los años de postguerra, la Era de la Juventud, cuando se bailaba el rock and roll en todas partes.
Inevitablemente nació el amor.
Para la época en que se les terminaron los dos años de contrato, varios estaban de novio.
Entre ellos, Ng Ping-Yip.
Algunos regresaron a Hong Kong y dejaron el amor en San Nicolás. Otros, como él, eligieron quedarse.

Algunos años después Ng Ping-Yip se casó con la novia que conoció en uno de los picnics, Celia María Lorenzo. La chica pertenecía a una familia multitudinaria de vascos del campo, que acogieron al chinito como a un hijo.
El hongkonés tenía a su extensa familia del otro lado del planeta, pero había encontrado lugar, solito, en otra parentela de la que cada año nacían varios niños y cuyas fiestas se alargaban sin límite.

De esa época feliz nacieron dos hijos, Ana Luis y quien esto escribe.
Ng Ping-Yip, originario de Hong Kong, se hizo un nicoleño hecho y derecho. Iba a cazar perdices, comía asados en la casa del Dr. Brenna en una de las islas Lechiguanas, jugaba al tenis en el Lawn-Tennis Club, llevaba los hijos a la escuela.
Era el supervisor del turno nocturno de la fábrica ESTELA.
En una inundación del río Paraná ayudó a rescatar a su suegro, que se negaba a abandonar la casa.
Alquiló un colectivo y llevó a toda la familia a otra ciudad, donde se casaba un cuñado.
Tomaba vacaciones con su familia en la Villa General Belgrano, del Valle de Calamuchita, en Córdoba.
Con su mujer vieron en un enorme televisor en el living, la llegada del hombre a la Luna, las peleas de Ringo Bonavena y los Sábados Circulares de Pipo Mancera.
Era hincha de River. Le gustaba Di Palma. Escuchaba a Jorge Cafrune.
Tomaba mate con su suegra, doña Luisa.
Le decían Pényu. Sólo cuando me puse a aprender chino, de grande, supe que ese nombre, que en realidad es péng you, significa “amigo”.

Aquella vida llegó un día a su fin.
Hongkonés al fin, dispuesto siempre a pagar el precio necesario del progreso, puso rumbo a Nueva York.
La pequeña valija de cuero que había llegado de Hong Kong 20 años antes formaba parte de la pila de bártulos de la mudanza desde San Nicolás a los Estados Unidos.

En un departamento de la calle Mulberry, en el Barrio Chino del Lower Manhattan, esperaría a los nicoleños el viejo Ng Liu-Ko, con su esposa y el resto de sus hijos.
La sangre hongkonesa se reuniría, con la Estatua de la Libertad de fondo.

No fue hasta 40 años después que pude conocer Hong Kong.
Ya maduro como periodista, establecí en Buenos Aires el proyecto Dang Dai, de comunicación entre Argentina y China.
Es el primer medio dedicado al intercambio cultural entre los dos países.
Y es la manera que he encontrado de trabajar con mis manos, fuera de mí, los cabos que tengo sueltos en mi interior.

El desarrollo del proyecto Dang Dai hizo indispensable que yo conociera China y planifiqué un viaje exploratorio, de dos meses por 14 ciudades, del extremo Sur al extremo Noroeste, al extremo Este.
Y empecé por Hong Kong.

El año pasado un avión de Turkish Airlines me llevó de Buenos Aires a Estambul, y de Estambul a Hong Kong.
Caminé por las calles de la infancia de mi padre.
Contemplé, flotando en las aguas, el reflejo de los rascacielos de vidrio y acero que él nunca vio.
Miré a los ojos a la gente.
Su gente.
Mi gente.
Una parte de mí estaba de regreso.




Gustavo Ng
Buenos Aires, septiembre de 2016




jueves, 1 de septiembre de 2016

Unos días en Beijing





1.    Bambini

Volaron conmigo, de Estambul a Beijing, un joven matrimonio de italianos con sus niños. Primero me asombran lo parecidos que son el papá y la mamá. El mismo pelo, la misma calidad de piel, la misma contextura física, la misma mirada. Aunque la de ella, un poco más cansada. Luego no puedo creer la cantidad de chiquilines. Mientras van subiendo al ómnibus que nos llevará al avión los voy contando. Tres, cuatro... cinco, seis. No pueden ser todos de ellos. Entonces me pongo a estudiarlos y son todos iguales.
Parece una película, una caricatura, un dibujo animado. Algunos chinos los miran azorados. Hace 35 años que en China sólo hay hijos únicos.
Luego miro la escala. ¿Cuánto tiene el mayor? ¿Ya tiene siete? Quizás. Luego viene otro que se llevará 10 meses con el mayor y un tercero, que a su vez se llevará 10 meses con el segundo. Luego una nenita (¡menos mal una mujer!), de tres o dos, y al fin los dos bebés que van en cochecitos, uno llevado por la mamá, el otro por el papá. También varones. No se portan muy mal, pero no son muy quietitos, y los padres no les ahorran advertencias a los gritos.
Me llenan de alegría. Me pregunto por la logística. ¡A China! ¡Con los seis!
Una señora, también italiana, se pone la nena a upa. Le muestra que en una jaula lleva un gato. Es una jaula con forma de bolso, no se adivina que allí hubiera un gato. Pero los hermanos se han enterado y se vuelven locos con el gato.
Todos quieren ir a verlo, quieren ir a espiar por los agujeros del bolso, le piden a los padres, se codean entre ellos.



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2. Un aire distinto

Buenos días. Faltan minutos para las 6 de la mañana en Beijing. La gente mira el grado de contaminación antes que la temperatura y el pronóstico meteorológico. Como en Comodoro Rivadavia la gente mira, antes que nada, la cotización del barril de petróleo. Uno incorpora como natural una niebla permanente. Si pregunta "¿esto es smog?", rápidamente le responderán que no, y uno se queda con la impresión de que le ocultan la verdad por vergüenza, porque son buenos anfitriones y se sentirían en falta si debieran admitir un problema grave en su hospitalidad.
Pero quizás no sea smog. No me pica la nariz, ni siento esa cosa horrible que se siente cuando pasa un camión o un colectivo quemando fuel oil.
O quizás no lo siento porque estoy recién llegado y boleado por el cansancio y el viaje.
El chino del lavadero de a la vuelta de casa en Buenos Aires, me dice que se quieres quedar en Argentina. Su esposa, paraguaya, escucha la conversación e interviene. Lo instiga a que se vayan todos a China, que allá hay progreso (lamento haber tocado un nervio familiar) y él le dice que no sabe nada, que en Buenos Aires el aire es más limpio.


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3. Paradoja

China es una mezcla mágica de Imperio que llega al presente galopando desde las tierras del Futuro y tercermundismo puro, tipo Soweto, Potosí o La Matanza.


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4. Trasnochado

A la gente le encanta decir jetlag. Pues no es otra cosa que una alteración del sueño.
Una trasnochada, en criollo.
Viniendo del frío que hemos tenido este invierno en Buenos Aires a este calor medio bruto, la mente flota como cociéndose al vapor. Uno se alegra cuando descubre que le ha salido un pensamiento. Ayer decíamos con Maximiliano Papandrea, compañero estos días, que todo lo que se hace con China es sembrar, con mucho trabajo, semillas que no sabés qué darán, ni cuándo.

 

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5. No traicionar su animal totémico

Nos pusieron unas chinitas de asistentes. Estoy tentado de decirle a una de ellas que para qué se operó los ojos. Que mucho mejor le hubiera quedado extremarlos rasgados, extremar su extremidad.
Uno debe ser lo mejor que puede DE LO QUE ES, pero nunca tratar de ser lo que no es.
En todo caso, debe tratar de ser lo que no es aún, pero puede llegar a ser.
Nunca lo que no está dentro suyo.
Eso es no traicionar su animal totémico.
Y cuando tiene un amigo, una amiga, si lo quiere de verdad, terminará gustándole muchísimo, enamorándose, de sus cosas que no le gustan, o le pican, e incluso lo lastiman, si esas cosas son las cosas auténticas que definen al amigo. O la esposa, o el hijo o quien sea.


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6. A las 3.14

Cuando se viene a China pasa esto: un desvelo formidable a las 3.14 todos los días.
Uno se despierta tan abiertamente, todas las ventanas dan al mundo tan diáfano, a la vigilia tan pura como una fresca tarde de primavera en la montaña, entre los pinos que exudan aroma, el agua donde saltan las truchas heladas y las mariposas amarillas revolotean vivaces.
Despertarse como uno hubiera querido despertarse aquel día en que miró el celular, eran las 9.25 y tenía que estar a las 8 en el médico, o la mañana en que llegó tarde al examen o a la entrevista de trabajo.

 

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7. Discurso

Desde que llegué escucho, uno detrás del otro, todos discursos iguales, que hablan maravillas de la difusión de la literatura china en el mundo.
La verdad, yo estaba podrido. Pero temía que estuviera ignorando una ley que dictaba que si alguien decía otra cosa, le cortaban los dedos o algo así, de modo que me dispuse a hablar maravillas de la difusión de la literatura china en el mundo.
Gracias a Dios un búlgaro mala onda y luego una filipina de peor onda, me antecedieron cantándole a todos las 40 y diciéndoles que a ellos no les había llegado nada.
Envalentonado, les conté que en Argentina son contadas con una mano las personas que trabajan en mostrar la literatura china. Nombré a Petrecca, Gándara, Pose, Sartori y les dije que ninguno se ha comprado un yate con la ayuda que les da el gobierno chino.
Y les pedí que en lugar de mandarnos carretillas de libros traducidos por profesores de español cuyo contacto con Argentina era haber visto un partido de Maradona en la época del Napoli, podrían preguntarnos qué nos gustaba.
Luego les propuse que trajeran a China a los de la lista, que mandaran traductores a hacer residencias a Argentina y muchas gracias.
Me aplaudió el búlgaro. Tres aplausos. La filipina se había ido al baño.



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8. Debate encendido en la Enerprise

Están dando el premio para el que me candidatearon, Special Book Award of China. Aunque estoy haciendo un poco de puchero, sabía que no tenía chances de ganar. En este momento, me consuela ver que los ganadores están años luz delante de mí.
Luego de los discursos formales, espontáneamente, asombrosamente fuera de la imposible ceremoniosidad y pomposidad imperial, algunos premiados han armado una polémica. No lo ha hecho el neozelandés, que parecía el más encendido, sino el surcoreano. De repente, discuten un turco, una georgiana, un egipcio, un nigeriano, ahora se metió al fin el viejo neozelandés.
Todos alrededor de la misma mesa, sin permitir que los chinos organizadores metan bocado, pero todos hablando en chino, cada uno con su acento, pero todos apasionados.

 
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9. Otra vez son las 3.14

Lo estúpido que es desvelarse a las 3.14, como si fuera una hora significativa en Buenos Aires.
¿Qué, todos los días amanezco a las 17.13?
¿Empieza la novela?
¿Salgo de la fábrica?
No debe haber hora más boba.

 

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10. Exótico Made in China

Resulta que ando por ahí para comprarle un regalito a un amor que tengo en Villa Bosch. Pero todas las cosas chinas que veía ya las venden en el Barrio Chino de Belgrano. Y todas las cosas que no tienen aspecto de chinas ya las venden en todas partes. Eso de venir a China a conseguir productos exóticos creo que es de la época preMarco Polo.


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11. Los silencios de la traducción

En uno de sus cursos de literatura china Lelia, Ángeles, Rubén y Flor nos mostraron un poema que nos dejó a los estudiantes azorados.
Ante todo porque era hermoso como el color de la luna.
Luego, porque nos demostraron las posibilidades inabarcables de la traducción al presentarnos 21 versiones (tres eran de Octavo Paz), todas de ese solo poema.
Entre otras cosas, habilitaba tantas traducciones el que el poema podía carecer de sujeto y no conjugaba los tiempos verbales.
Entendimos que el verdadero desafío de la traducción del chino al español no era sólo descubrir la palabra equivalente a "añoro", sino decir sin especificar el sujeto y sin conjugar los verbos.

 
  

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12. Los flujos del tiempo

Hace un rato subí adonde estoy ahora en un ascensor cuyas tres paredes eran una pantalla. Se proyectaba un corto que promocionaba un destino turístico de mar y playas, mostrando una familia feliz , todos vestidos como si fuera en los años 50, con las caras de felices plenos.
Era una cosa tan fuera de tiempo como lo era un ascensor pantalla.
Creo que hay aspectos de las sociedades que corren por diferentes líneas de tiempo.


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13. ¿Ya has comido?

Entre los delegados hay un egipcio, muy negro, muy petisito, con unas manos regordetas como generosas facturas de chancho, y extremadamente simpático.
Se dudaría de la sinceridad de su simpatía, pero repite una y otra vez un papelón que lo deja muy a salvo.
En un curso de chino que tomó desde dos semanas antes del viaje, una profesora muy crítica cultural le explicó que el saludo "ni hao ma?" (¿estás bien?) sólo tiene entidad en la relación con los occidentales, que cuando dos chinos se encuentran, se preguntan "¿ya comiste?" ("ni chi fan le ma?")
El egipcio estaba encantado con la revelación, y sacaba todo de tipo de conclusiones, del tipo "la amistad los chinos la sienten como nutrición" o "el bienestar se identifica no con la salud, o con el ánimo, sino con la comida", etcétera.
En consecuencia, cada vez que saluda a alguien, le pregunta si ya comió. Al botones del hotel, al colectivero, a una señora en un ascensor que iba con su nieta. Como muchos se ríen, él se siente la mar de bien. Muchos le contestan largas respuestas, y le preguntan cosas, ante lo cual él (no tiene otra solución) vuelve a preguntar "ni chi fan le ma?" -lo que provoca nuevos comentarios, y así.
Cuando tuvimos la ceremonia de apertura, de inconmensurable alto protocolo, con un ministro, militares, embajadores, secretarios de Estado y todo tipo de funcionarios, fue uno por uno preguntándole a los ojos"¿ya comiste?", "ni chi fan le ma?"
No hablará mucho chino, pero no creo que olvide esas cinco palabras, la pasa bárbaro y el resto de su vida contará cómo dejó impresionados a todos los chinos con su astucia.


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14. Ángeles

Cuando era niño, una mañana me despertó alguien con una dulzura infinita. Tenía la voz de mi mamá, pero no era mi mamá, porque abrí los ojos y estaba solo en la habitación, y dos segundos después se abrió la puerta y entonces sí entró mi mamá de la realidad.
Le dije que me había despertado un ángel, me miró un instante, sonrió y dijo:
Qué lindo.
China me regaló un ángel. Tiene la voz grave y amenaza tronar, y es gigante y macizo como un luchador turco, pero tiene unos ojos insoportablemente hermosos. No se los puede mirar. Tienen un brillo que acabarían con lo que uno es, animal hecho del puro fango del pecado, si uno intentará mirar dentro de ellos.
El año pasado Camilo vino a buscarme a Zhuhai cuando di mi primer paso en la tierra de mi padre. Yo iba solo, sin dinero, sin saber y sin idioma, y él me alojó en su casa sin saber quién era yo, me acompañó por las montañas de ensueño del sur y luego sobrevoló mi larga vuelta de 50 días por el país. Cada vez lo que necesité, allí estaba.
Mi mamá murió dos meses después. Yo creo que desde el futuro en que estaría muerta, mandó a Camilo a despertarme.



La comprobación de que Camilo es mi Ángel de la Guardia es que se ha mudado a Beijing una semana antes de que yo regresara. Nada más imprevisto que mi regreso, pero aquí estaba Camilo, con sus hombros peludos, su vozarrón de ultratumba y sus ojos divinos.
Devorado por la rutina, ingratamente sólo fui a verlo el último día de mi visita. Fui acompañado de dos amigos y Camilo me esperaba con su amor chino de estos días, Michael.
Michael nos deslumbró a todos en un instante. Por alguna extraña razón, a mí se me había ocurrido ir a Liulichang, una calle que fue célebre y ahora el turismo la ha descartado de su circuito, pero es un increíble yacimiento de arte y antigüedades, y casualmente Michael es un experto en arte y antigüedades. No sólo nos envolvió en relatos que transformaron Liulichang en una nube fantástica, sino que nos invitó una cena prodigiosa, en la que una fila de sirvientes hacía cola para ofrecernos ingredientes exóticos para que echáramos al huoguó (caldero caliente): hongos azules, papas perfumadas, morcilla de ganso, pétalos de flores con la forma de lengua de iguana, pene de ciervo, un tofu que llevaba diez años de elaboración.
Allí continuó con los relatos con que había empezado a hipnotizarnos en Liulichang. Nos llevó a través de los territorios de la vasta China, contándonos de las marionetas del teatro de sombras y del mercado donde aún se pueden comprar jirafas y leones. Luego nos hizo recorrer las cuevas de los siglos, relatándonos sus aventuras como cazador de piezas de arte antiquísimas. Fuimos al Tíbet, atravesamos el Himalaya hasta Pakistán, luego aparecimos en Sichuan. En su impecable  inglés de clase alta, descubrimos máscaras doradas de dos metros de alto y Budas de hace 20 siglos, de purísimos rasgos del clacisismo griego ("un Buda Apolo", nos dijo).
Mis amigos estaban perfectamente encantados. Me agradecieron una y otra vez en el camino de regreso.
"Yo estoy seguro de esta fue una de las Mil y una Noches", dijo uno de ellos.

           

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15. Un pájaro en un hutong

En un pasillo perdido de un hutong, perdido yo en el laberinto infinito de un hutong, me veo frente a un pájaro negro que habla en perfecto chino.
Años de clase he perdido en el intento de pronunciar los tonos del idioma chino y esta ser sin alma y sin cerebro es capaz de hacerlo sin el menor esfuerzo.
Está dentro de una jaula puramente china, un portento que no se ve en otro lugar.
Tiene un bebedero hecho para una jaula, de porcelana, que lleva pintado un dibujo increíblemente sutil y flotando en el blanco en que flotan las imágenes de la China de la Eternidad clásica.
Yo volvería a China sólo para escribir la historia de las cosas que hacen que China sea China y que China no exporta.